Ariel Torres tiene una extensa trayectoria periodística, iniciada en Humor Registrado. Se especializó luego en divulgación científica y técnica y hoy es el responsable del suplemento de informática del diario La Nación, de Buenos Aires. Publica muchas de sus notas con el seudónimo de Eduardo Dahl.
Alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires y luego de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, su interés por la técnica se gestó en su familia, "donde se empezó a hablar de computadoras no en 1982 sino en 1967".
Esa doble vertiente humanística y técnica de su formación alimenta sus reflexiones sobre el aprendizaje y las nuevas tecnologías, como puede verse en la entrevista que publicamos.
La lectura, tal como la conocemos, no se aplica a la Web o a ninguna otra clase de documento en pantalla. Podemos leer diez líneas de un mail, quizás dos páginas de un memorándum en formato PDF, pero nada más. Lo que hacemos en el espacio virtual no es leer, sino consultar. No son lo mismo.
Consultar, sin embargo, no es tan fácil como parece. La información no viene dada. Hay que salir a buscarla. Y saber buscar es, esencialmente, saber preguntar. Toda la revolución de la física moderna se basó en una pregunta osada, aparentemente absurda, que se hizo Einstein en su juventud. Se preguntó cómo sería viajar a bordo de un rayo de luz, y cambió la historia de la humanidad. Tal es el poder de una simple pregunta.
En general (hay honrosas excepciones), la tradición educativa no nos enseña a preguntar, nos enseña a memorizar.
En la Red es más útil saber preguntar, utilizar fuentes, discriminar y juzgar. Preguntar es la habilidad básica que hace falta para moverse por internet sin obstáculos. Preguntar constituye todo un desafío, porque cambia de lugar dos ejes que siempre estuvieron fijos. Primero, el que pregunta es protagonista, lleva adelante la acción, al revés del que memoriza, que es tan sólo un reservorio, un envase de datos.
Segundo, no demanda esfuerzo sino inteligencia. Es la diferencia entre un chico que entiende perfectamente las leyes de la física pero no se acuerda de una fórmula en particular, y solamente por eso es reprobado en un examen, y otro chico que no entiende nada de nada pero sabe todas las fórmulas al dedillo y, vaya novedad, se sacará la mejor nota del curso. El primero, si le dieran tiempo, terminaría por deducir por sus propios medios la fórmula que no recuerda. El segundo no sabe nada de física. Eso es lo que vienen a cambiar la Web en particular y la informática en general. Estamos empezando a darle un lugar a la persona que sabe preguntar y se propone entender.
La gente de mi generación -o de generaciones anteriores- creció convencida de que transpirar y sufrir son costos naturales para alcanzar cualquier cosa. Eso tiene sentido para lanzar la jabalina o competir en los 100 metros llanos, y quizás era funcional en un mundo donde la información y la capacidad de cómputo estaban vedadas a la gente común.
Pero ya no es así. Ahora podemos poner a las máquinas a buscar y a memorizar, a realizar el trabajo pesado, mientras nosotros dedicamos nuestra extraordinaria materia gris a pensar, a imaginar, a preguntar.
Prepararse para el mundo digital no significa saber usar una PC, sino saber preguntar. Saber preguntar significa hacer foco sobre lo que realmente queremos saber, en lugar de enfocarnos sólo en lo que se espera que aprendamos. Las preguntas acertadas han hecho progresar a la humanidad desde siempre. Ahora cada uno de nosotros tiene una mayor oportunidad de indagar por su cuenta, y eso es maravilloso.
Naturalmente, es preferible contar con una serie de herramientas como la ortografía o las tablas de multiplicar. Fíjese que un chico que no sabe escribir bien en español encontrará menos cosas en la Web, obtendrá error tras error. Estará menos capacitado que el chico que escribe bien. Las tablas de multiplicar ayudan mucho en informática, así como el conocimiento de inglés. Muchas de estas cosas se aprenden por medio de la memoria. No hay nada de malo en memorizar. De hecho una buena memoria es de enorme ayuda en computación. Pero la memoria sola ya no alcanza, ya no sirven las recetas prefabricadas.
Y, como dije antes, la lectura es otra cosa. No leemos sólo para aprender o informarnos.
Por eso, cuidado: si perdemos el disfrute de la lectura de novelas y poesía y cuentos, entonces estos avances tecnológicos no nos van a servir de mucho.
No puedo imaginar en qué mejorará la vida de las personas el que sepan preguntar y consultar la Web, si nunca van a leer a Borges, Cortázar, Rulfo, Dostoievsky, Elliot, Shakespeare, García Márquez, Salinger, Tolkien, y la lista sigue hasta llenar bibliotecas enteras.
Por otro lado, no creo que sea necesario conciliar. Leer un libro y consultar una página web son dos mundos diferentes. Los chicos saben buscar cosas en internet, es lo normal para ellos. Creo que sería bueno que los ayudáramos a descubrir el goce de la lectura, así como el de las otras artes previas a la digitalización. Esas obras fueron y siguen siendo el alimento del espíritu. Me parece verdaderamente peligroso subestimar esta cuestión.
La inteligencia es la gran totalizadora. Fíjese que alguien puede ser extraordinario con las ecuaciones complejas pero mostrarse incapaz de esperanzar a un amigo que atraviesa un momento amargo. Si fuera posible medir la inteligencia en toda su inmensa complejidad, ¿esta persona obtendría un número realmente alto? No lo creo. Otro individuo puede ser genial en los negocios, pero comportarse sin la más mínima ética. ¿Mediríamos aquí una inteligencia brillante? Lo dudo.
Además, decir que "alguien es inteligente" o decir que "alguien es" constituye exactamente la misma afirmación. En la raíz de nuestra naturaleza está el ser inteligentes y el ser conscientes.
Ahora, lo que ha venido ocurriendo es que tendemos a igualar, creemos que la educación debe ser igual para todos porque la inteligencia es igual para todos. No es así. Nunca fue así, de hecho. Cada inteligencia tiene el sello de cada personalidad, de cada espíritu.
Es comprensible que construyamos una educación igual para todos porque son millones los chicos que van a la escuela. Pero, para volver al ejemplo anterior, Einstein no era precisamente un buen alumno. Sin embargo, su inteligencia cambió el mundo.
Bueno, lo que ocurre ahora es que los chicos tienen a su alcance una diversidad de opciones mucho mayor que hace quince, veinte o cien años. Ahora pueden optar (conscientemente o no) según el rumbo que naturalmente tienden a seguir sus inteligencias. Y entonces esas inteligencias pueden llegar a florecer más sanas y más rápido.
Insisto. Somos, y por lo tanto somos inteligentes, y nuestra inteligencia tiene el sello de nuestra personalidad. Antes estábamos limitados a lo que se nos daba. Ahora podemos salir a buscar también aquello que nos inspira. Eso, invariablemente, ejercita esa inteligencia en particular mucho más que estudiar a desgano lo que no nos interesa.
Hay que aprender las tablas y la ortografía y demás, por supuesto, pero hay que dejar un espacio abierto para la búsqueda personal. Eso es lo que permite en un nivel masivo la existencia de internet, y el resultado es que muchos chicos expresan una inteligencia inaudita en temas realmente complejos.
Pero no es una cuestión de época, sino de entorno. En mi colegio leíamos en latín antes de los 14 años. Y nos enseñaban la teoría de la relatividad antes de los 17. Fuimos bendecidos por un entorno que desafiaba nuestra inteligencia, que le daba opciones, una biblioteca fenomenal, profesores que fortalecían nuestra habilidad para investigar y que premiaban la originalidad antes que la repetición. A su modo, internet ha permitido que muchas de estas posibilidades lleguen a más chicos. Lo que no ha cambiado es que la escuela y el ambiente familiar son los grandes "incentivadores" de la inteligencia del chico.
Así que esa clase de información debe llegarme de forma automática, y así lo tengo programado. Hay datos que deben venir a buscarnos, no al revés. Eso antes estaba reservado a reyes y presidentes. Hoy una computadora personal y una conexión con internet lo ponen al alcance de una gran parte de las personas. La Nación, por ejemplo, tiene su sistema de titulares por mail. Eso es fantástico. Las listas de correo son fantásticas. Los programas de mail que permiten clasificar lo que llega de forma automática son fantásticos.
Personalmente, no creo en la infoxicación. Creo que cuanto más libre sea el acceso a la información, mejor. Me aterra la posibilidad de que alguien decida por mí cuánta información puedo ver, incluso en nombre de mi salud.
Ahora, como me decía el otro día un amigo, una cosa es información y otra es comunicación. El que a uno le suene el celular mientras el beeper llama y el mensajero instantáneo parpadea y el teléfono de mesa repiquetea y llegan mails, eso sí puede ser tóxico, eso sí colapsa la atención, y la única forma de evitar ese problema es estar menos disponibles, porque el otro siempre va a pensar que nadie más nos está llamando, que tiene toda nuestra atención. Cuando son cincuenta personas las que creen eso en forma simultánea, podemos colapsar.
Calmarse y comportarse como una persona y no como una máquina: creo que esa es la receta.
Creo que la próxima década verá cambios importantes, pero más bien en el sentido de que más gente tendrá acceso a la red. A veces nos parece que todo el mundo está en línea, pero eso está lejos de ser verdad.
En cuanto a usos y servicios, es impredecible. Mañana podría aparecer una tecnología que cambie todo el panorama de una forma que ahora no podemos vislumbrar.
Sólo imagine lo que ocurriría si pudiéramos multiplicar por un orden de magnitud el ancho de banda bajando los precios del transporte de datos a la mitad. Esas cosas tienden a ocurrir en informática, así que importa menos predecir que estar atento y ser adaptable.
Sí espero que la libertad de expresión se preserve, que la privacidad deje de ser invadida por el spam y los programas espía, y que una mayor cantidad de gente tenga acceso a los beneficios de la informática e internet.

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